martes, 20 de mayo de 2014

Café Tortoni

Sinopsis:

En éste café nos encontramos con Nestor, un mesero que ya venía trabajando ahí desde hacia unos cuantos años.Gracias a él tenemos nuestro primer relato, que nació solo como una anécdota:
Una señora entra al café y se emociona ya que su abuelo habia trabajado ahi durante unos cuantos años. Luego de un proceso de investigación descubrimos que su nombre es María Milagros Varela Ortiz. La contactamos y le pedimos que nos cuente un poco mas sobre ella y la relación que tenía con su abuelo. En un momento de su vida, ella decide visitar al Tortoni, y se emociona al saber que conoce el lugar donde su abuelo habia trabajado.


Historia:


Relato de Néstor Aníbal Picheri:
Historia del Café Tortoni.



En 1858 un señor vasco-francés, llamado Jean Toan decide poner un café. Pero no cualquier café. Lo que el quería es que este nuevo lugar de encuentro, tenga un perfil cultural, donde las personas puedan ir a leer, a recitar, o a simplemente compartir su trabajo. Y así lo hace. En ese mismo año el Café se asienta en la esquina de Rivadavia y Piedras, bajo el nombre de Tortoni, conmemorando al italiano Tortoni, siendo éste el primero en vender helados como un vendedor ambulante por las calles de París (algo totalmente novedoso para la época). Éste era uno de los puntos en donde los literatos se encontraban en Paris, pasando tardes enteras comiendo y compartiendo sus trabajos.



A fines del siglo XIX Jean Toan logró lo que quería, el Café Tortoni ya era un lugar reconocido y visitado por su llamativo perfil, haciéndose cada vez más famoso por la difusión de “boca en boca”. Necesitando así un lugar nuevo para establecerse, se muda a la Avenida de Mayo, teniendo dos posibles puertas: una salida por la calle Rivadavia, y la actual, por Avenida de Mayo. Desde ese momento el Café nunca cerró, y solo tuvo una modificación: se cerró el ingreso por la calle Rivadavia, dejando como entrada principal la puerta que da a la Avenida de Mayo.

En el año 1900 en Café pasa a manos del señor Piruchet. Como nuevo dueño del local, comienza a realizar tertulias literarias de a poco, cediendo un lugar específico donde los escritores y artistas podrían reunirse. Por desgracia a mediados del siglo XX el señor Piruchet cae gravemente enfermo. Sin poder ejercer más su rol en el Café que cada vez se hacía más famoso, decide darle a sus empleados la oportunidad de formar una cooperativa, así éstos tendrían la posibilidad de mantener sus trabajos y éste legado en pie. Éstos con respeto aceptan el trato.

En estos 155 años que el Café estuvo en marcha se puede decir que solo tuvo 3 dueños, y cada uno de ellos respeto la decisión del primero. Todos respetaron el perfil que Jean Toan tanto deseó. Convirtiéndolo en uno de los lugares más visitados por los turistas nacionales e internacionales. Entrando un aproximado de 500 personas en temporada baja, y de 1.200 a 1.500 en temporada alta.


Luego de relatarnos la historia, le preguntamos a Nestor si se acordaba de algún suceso que le haya llamado la atención en todo estos años que estuvo trabajando en el Tortoni. Esta fue su respuesta:





Al escuchar esta llamativa historia nos propusimos investigar un poco más sobre ella. Le preguntamos si había alguna manera de saber más sobre ésta señora. Nos propuso que busquemos en el libro de visitas quienes habían firmado a mediado del 2006.

Resulta que ésta señora había firmado el libro de visitas al pasar por el café, dejando unas simples palabras: 

“Orgullosa de haber estado en el lugar donde mi abuelo paso sus años de gloria. María Milagros Varela Ortiz”

Decidimos probar suerte y buscamos su nombre en Internet. Ningún resultado. Antes de rendirnos con nuestra búsqueda, hicimos un intento más. Introducimos su nombre en el buscador de Facebook, siendo ésta la red social con más popularidad en los últimos años. Nos dio un sólo resultado.
En la foto de perfil nos encontramos con una simpática señora. Le mandamos un mensaje privado, preguntándole si por casualidad ella había visitado el Café Tortoni en el año 2006, y le contamos nuestro proyecto, y las intenciones que teníamos.
Obtuvimos su respuesta 2 días después. En su extenso mensaje nos transmitió su alegría, sorpresa y respeto. Y obtuvimos lo que estábamos buscando. Una historia que relate el amor de una nieta por su abuelo:

“ Buenas tardes mis queridos. Como me han pedido aquí va mi historia:
Nací el 6 de Junio del año 1947 en Barcelona, España, como bien saben. Mi padre y madre me criaron bien, me dieron todo lo que pudieron, todo lo que se ofrecía por aquellos años. Nací rodeada de historias, mitos y cuentos gracias a mi padre. Gerardo era su nombre. A algunas pequeñas se les recita cuentos de princesas, amores eternos, llenos de magia y fantasía. Pero ese no fue mi caso afortunadamente. Mis noches estaban llenas de hechos que ocurrieron en mi familia. Mi abuelo Ernesto como bien saben era el héroe de ellos. No lo conocí hasta que cumplí mis 8 añitos, ya que tardo 13 años en volver a España. Él no quería, pero la muerte de mi abuela lo trajo de vuelta. Recuerdo éste hecho como el más alegre y el más triste. Ver a mi abuela diciendo su último adiós fue algo muy doloroso, éramos muy unidas. Pero cuando apareció mi abuelo, con sus preciosas mejillas rosadas por el frio, tan alto como mi abuela y mi padre me lo habían descrito, fue algo hermoso.

A partir de ese día recuperé todos los años, y noches perdidas con mi abuelo. Cada madrugada, cuando ya estaba tapada hasta la coronilla él se sentaba a mi lado y me recitaba sus aventuras del tal Café Tortoni. Desde cómo se preparaba el café perfecto, hasta los cotilleos que corrían de aquí para allá. No solo me encantaba escucharlo por lo que contaba, me encantaba hacerlo hablar, y contarme sus aventuras para ver el amor que se le reflejaba en sus ojos. Me enamoré del Café Tortoni desde la lejanía.

Como bien saben, a penas puse un pie en ese magnífico café entendí el porqué. El por qué mi abuelo estaba enamorado de su trabajo. No era el lujo, no era la plata, no era la magnificencia del lugar. Era la gente, el clima que éstos creaban. No era un clima de trabajo, era un clima de amistad y confort. Simplemente me emocioné. Recordando todas las noches que pasamos juntos, él y yo. Ese Café nos unió mis queridos.


Por si les interesa, la mesa en donde está la actual biblioteca era de mi abuela. Es desmontable. Mi abuelo la donó al Café antes de regresar. Si se fijan en alguna de las patas, en la parte de adentro está la firma de mi abuela. Les contaría ahora la historia de ese mueble, pero para otro momento. Cuando uno llega a los 67 años no puede descuidar la cintura, y estar tanto tiempo aquí sentada escribiendo trae sus consecuencias.

Les prometo que está conversación se retomará. Desde ya muchas gracias  por estar dispuestos a escuchar a esta abuela.


Y pensar que cuando mi nieta me hizo esta cuenta pensé que era inútil y que nunca aprendería a usarla. ¡Solo me llevo 3 meses aprender a usarla!

Un gran abrazo,
Milagros”





Como bien nos prometió, retomamos la conversación unos días después, ya que con el cambio de horario (4 horas más) no es fácil coincidir.

Mensaje textual:
“Mis queridos. ¿Cómo les va? Disculpen la demora, pero que sea jubilada no quiere decir que no tenga una vida ocupada. No recuerdo haberles contado, pero tengo 4 hijas, y muchos nietos que aclaman mi atención: cinco varoncitos y cuatro nenas. Micaela, la mayor, es la que escribirá hoy la historia. Yo estaré recostado al lado de ella, así ésta vez mi cintura no interrumpirá el relato.

Como les contaba: cuando mi abuela fallece, mi abuelo que hasta ese momento estaba viviendo en Buenos Aires, vuelve a España para reunirse con la familia y conocer a los nuevos miembros de ellos. Como ya les relaté yo vi a mi abuelo en persona recién cumplidos los ocho años. Los años siguientes desde su llegada nos volvimos muy unidos, compartimos cantidad de aventuras de pequeña. Él me llevaba todas las tardes a caminar por las largas calles de Barcelona. No importaba si hacía frío o calor, si había sol o las nubes tapaban todos los rayos de éste. Todas las tardes salíamos a dar algunas vueltas a la manzana. Él decía que todos los días había que hacer ejercicio recorriendo las calles de la ciudad, porque si no , uno no entendería a donde estaba viviendo. Por lo tanto, no entendía a donde estaba yendo.

Mi madre y mi padre trabajaban mucho para la época en donde me convertí en una señorita. Acababan de abrir una panadería en el centro de la ciudad, por lo tanto la demanda era enorme. No es que sea algo malo, pero simplemente le dedicaron más tiempo a su trabajo para el bienestar económico familiar, descuidando otros. Ya que mis padres no estaban muy presentes en casa, mi abuelo venía todo el tiempo a echarnos un vistazo a mi hermana y a mí.

Tengo muy presente el día en que cumplí los 19 años. El 6 de junio del año 1966.Para esa época él ya estaba entrando a sus 60, pero se conservaba de una manera formidable. Desde luego ya tenía el cabello blanco por aquí y por allá, pero por decirlo de algún modo: su espíritu estaba intacto. Ése día fue el que me prometió que algún día volaríamos juntos a Buenos Aires, donde él me haría un recorrido especial por toda la ciudad, y por supuesto por el Tortoni. Donde todas las historias que él me había relatado, ya sea en donde la mesera y el cocinero guardaban el pan viejo para dárselos a las personas sin hogar que merodeaban por la ciudad, o donde uno de los meseros le pidió la mano a una clienta regular del Café, que hasta ese momento nadie sabía que estaban teniendo un amorío. Como verán las historias no las hace el Café, las crean las personas que pasaron sus años dentro de él. Es algo obvio, pero decirlo creo que nos da otra perspectiva del lugar.

En fin. Como se habrán dado cuenta mi abuelo nunca pudo cumplir su palabra. En el año 1971, tras la epidemia de cólera que hubo en la ciudad de Zaragoza, mi abuelo cayó muy enfermo, pero como un milagro un doctor conocido de la zona lo pudo curar. Tomando mucha agua y con diversos sueros. Pero tras haber agarrado la enfermedad al parecer, lo que deducimos años después, es que su intestino quedó debilitado y unos meses después calló gravemente en cama, sin tener ningún diagnóstico cierto. Algunos médicos decían que quizá tenía una infección en el intestino, otros que simplemente era un empacho. Pero como se darán cuanta no fue un simple empacho. Tras haber transcurrido apenas 27 días, vi como la vida se escapaba de sus ojos. Años después mi hija mayor, al contarle la historia, con los síntomas que padeció y como se debilitó tan rápidamente, me comentó que quizá lo que había ocurrió era que antes de atrapar la cólera, tenía el inicio de cáncer en su hígado, estómago o incluso en su intestino. Luego de la enfermedad, el cáncer se expandió rápidamente por su sistema digestivo, haciendo que no procese los alimentos, desnutriéndose lentamente. Ésta es sólo una teoría que nunca podré confirmar. El hecho es que a los 65 años de edad mi abuelo Ernesto Varela perdió la vida. Murió el 28 de Agosto del año 1971.

La última noche que pasé junto a él sosteniendo su mano, es uno de los momentos que no olvidaré. No solo por la angustia de estar perdiendo a mi madre y padre en un solo cuerpo, sino por la impotencia que sentía. Miraba como sus ojos se cerraban cada vez en pausas más largas. Como sus pulmones luchaban por conseguir una bocanada de aire. Sus extremidades descansaban sin ningún movimiento sobre su cama.

Nuestra última conversación no fue sobre el futuro o sobre el presente. No fue sobre mí, ni fue sobre él.  Fue sobre las aventuras del Café Tortoni. A eso de las 6 de la mañana él simplemente me pidió que saliera de la habitación, que le vaya a buscar un vaso de agua que tenía sed. No sé por qué lo hizo. Porque quiso que sus últimos minutos de vida sean solitarios.

Unas semanas después luego de su partida, revisando uno de sus cajones encontré una carta con su caligrafía, dirigida a mí.

Prefiero que lean sobre el formato original, así que Micaela luego en un rato les escaneará la carta.
En el caso que no entendan alguna letra simplemente me consultan.

Con respecto a mi vida, a los poco años me hice cargo de la panadería de mis padres, que luego se transformaron en 3 sucursales, hasta hoy, donde mis hijos están a cargo de 15 sucursales en todo España. El arduo trabajo de mis padres dio sus frutos como pueden ver.

Cualquier cosa que necesitéis me avisan y veremos cómo arreglarlo. Como verán Micaela me hizo el favor de escribir en Castellano, lo más parecido que pudo en realidad, así no había malentendidos con la redacción.  Mi hija se fue a vivir a Buenos Aires en los años 90, llevándose consigo a Micaela y al padre. Volvieron hace solo 3 años, así que la mayor parte de la vida de mi nieta la vivió en sus tierras. De hecho en el año 2006 cuando fui a visitar el café fui especialmente a visitar a mi hija, y de paso por supuesto recorrí la gran capital.

Hasta pronto mis estudiantes, nos mantenemos en contacto.
Un gran cariño,
Milagros."

Carta dirigida a Milagros de su abuelo Ernesto:




"1 de mayo de 1965

Mi querida Milagros:

                                Hoy es un día cualquiera, como todos los otros ¿Porqué te escribo hoy a tí? Porque hoy luego de diez años de haberte conocido ya no veo más a una pequeña niña que busca aventuras en todos los rincones. Ya no eres más esa pequeña de cachetes rojizos, con un pelo marrón rojizo hasta la cintura saltando de aquí para allá. Hoy al verte caminar por las calles de nuestro barrio, tras todos éstos años, me dí cuenta de que ya no era yo el que mostraba el camino. Sino que eras tú. Yo te empecé a seguir a tí. No tú a mi. No más mi querida Mili.
Como tu nombre bien lo dice:
Tu eres un Milagro para mi.
El abuelo.
(firma)"


Representación Fotográfica:

Representamos la llegada de Milagros al Tortoni












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